Yaciendo juntos
Te busqué con ansiedad.
Corrí los vientos
más aprisa que el tiempo
para llegar a tu lado.
Deseaba con pasión
acariciarte.
Estar contigo.
Amarte y poseer tu cuerpo
que a veces deliro
que no es mío.
Paranoias de amor,
celos larvados
que anegan mis ojos
de amargura.
Te tuve al fin.
Juntamos nuestros cuerpos
lamiendo nuestra piel con
jarabe de amor.
Besos templados
que no distinguen
de lugares ni rincones,
porque el amor no prohíbe
caricias del amado.
Todo me sabe bien.
Tu cuerpo enciende
el latido de mi deseo
para explorar con dulzura
esas zonas que entregado
tú me ofreces.
Después del frenesí
serena calma.
Tumbado boca arriba,
y tú de medio lado,
muy pegado a mi,
aferrado a mi torso con tu brazo.
Y tu aliento, susurra sin palabras
en mi oído, mientras tu pierna
abrazada a la mía por encima,
esboza un no te escapes
en un tirabuzón
de nuestros muslos.
Yaciendo juntos,
oliendo los efluvios
de jugosos flujos,
nos damos uno al otro.
Mil años después
nos encontraron.
En una cripta armenia
de convento medieval
hallados, dos esqueletos
vieron abrazados.
Y dijeron que fueron
dos amantes
que en vida se gozaron.
Que fueron descubiertos,
y muertos,
y así enterrados.



arandano dijo
Muy buenas de nuevo, Zeus.
Está claro que a esos dos amantes nunca se les interpuso la distancia. Aunque, a veces, la distancia física no es tan poderosa como la sentimental y la mental...
Pero claro, no es el caso de los de vaquí, bienhallados, y bienaventurados.
Amor, muerte, melancolía. Siempre de la mano.
4 Febrero 2008 | 09:10 AM